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November 5, 2019

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Tres Futuros

 

Bruno guardaba documentos en la enorme caja fuerte de la empresa cuando se inició el terremoto. Su primer impulso fue tirar todo y salir corriendo, pero su responsabilidad se lo impidió. Todos esos papeles eran importantes para la compañía que había depositado en él la confianza. Si se maltrataban, o peor aún, se perdían, significarían una gran pérdida económica. Siguió acomodando los papeles mientras la fuerza del temblor aumentaba. Al caer al piso su computadora supo que tenía que huir, de no hacerlo iba a morir sepultado entre miles de escombros. Corrió dejando su saco en la silla, varias veces iba a caer al bajar las escaleras, en una ocasión aventó a una mujer que interrumpía su paso. Al fin llegó a la calle. Corrió al camellón. Segundos después cesó el movimiento, el edificio se mantuvo de pie. Con el corazón queriéndosele salir del pecho marcó a casa de Eloísa, su novia, con la que se iba a casar en dos meses. ¿Cómo estás, cómo está tu familia?  Ella le dijo que muy asustada pero bien, que por favor viniera a verla, que le hacía mucha falta en ese momento. Momento después marcó a casa de sus padres, la madre le informó que se habían caído algunas lámparas y que la pared de la sala tenía una fuerte cuarteadura, pero que eso no importaba, que lo principal era que su esposo se asustó mucho, estaba muy pálido y respiraba mal, que viniera a ayudarla para llevarlo a algún hospital. Tengo miedo que le pase algo grave a tu padre, concluyó.

 

¿Qué hacer, se preguntó con angustia? Su deber era regresar a la oficina y seguir guardando los documentos, pero al mismo tiempo tenía que estar con su novia a la que adoraba; sabía que si no lo hacía ella se iba a enojar con él; pero también su deber era acudir a ver a su padre ya que si no lo trasladaban a un hospital tenía peligro de un infarto.

 

A la primera que volvió a hablar fue a Eloísa, le dijo que lo perdonara pero que tenía que regresar a la oficina y correr a ver a su padre. La muchacha se puso furiosa. Sí, ya sé que yo soy la que te importa menos en la vida, primero está tu trabajo y lo que ganas ahí, después tus padres, qué pena que no hayas podido romper el cordón umbilical. Está bien, ve con los dos, pero eso sí, no quiero volver a verte en la vida. ¿Oíste? Nunca más. Todo eso lo dijo de corrido antes de colgar furiosa el teléfono. Por supuesto que no escuchó a Bruno contestar que la quería mucho, que lo perdonara, que iría lo más pronto a verla. Lo que sí supo es que Eloísa nunca lo volvería a ver o escuchar, la conocía de sobra. ¿Y sí voy ahora a verla?, se preguntó.

 

Fabián, su compañero de oficina se acercó a él en el camellón. También estaba asustado igual que él. Estuvo fuerte, dijo, después preguntó que si sería seguro entrar al edificio y volver al trabajo. Tengo miedo, agregó, pero creo que tenemos que ir, el jefe ya estará ahí esperando que volvamos, ya ves cómo es, y peor aún, con todos esos documentos sin guardar. ¿Vamos? Bruno contestó que tenía que ir a ver a su novia y a sus padres, que con el terremoto... Fabián, mayor de edad que él, le recomendó que primero fuera a la oficina, que si no lo hacía lo iban a despedir, y peor aún, si se perdían los documentos o se maltrataban, le iban a echar la culpa y hasta podían meterlo en la cárcel, que los jefes no permitían ninguna falta por leve que esta sea, y mucho menos algo de tanta importancia. Tomó del brazo a Bruno para conducirlo al edificio. El celular de éste sonó.

 

La que llamaba era la madre para decirle que veía más mal a su marido, que sudaba y se estaba poniendo morado en los labios y dedos de la mano, que ella se iba a desmayar, que se apurara a llegar.

 

Sonrió amargamente cuando le llegó a la mente la letra de una canción antigua que decía “Cuatro caminos hay en mi vida, cuál de los cuatro será el mejor”. Para él no eran cuatro sino tres. El que tomara en ese momento iba a decidir su futuro. Un futuro con una economía brillante si regresaba a la oficina y arreglaba todo. Una vida feliz familiar si corría a ver a su novia y la abrazaba para tranquilizarla. Una tranquilidad para el resto de su vida si salvaba a su padre de morir.

 

Pensó lo  mismo pero negativamente, si no acudía a su oficina se iba a quedar sin trabajo, lo iban a acusar, lo podían encarcelar. Si no acudía a ver a su novia iba a ser un ser desgraciado el resto de su vida ya que la amaba profundamente, y tercero, si no acudía a atender a su padre iba a tener una vida llena de remordimientos por la culpa que iba a caer sobre él si el viejo moría.

 

¿Qué hacer? Con angustia le pregunto a mis lectores cuál de las tres decisiones es la que debe llevar a cabo: ¿el trabajo, la novia, los padres?  Por favor contéstenme, me urge, estoy desesperado.

 

Tomás Urtusástegui

Febrero 2019

 

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