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November 5, 2019

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¿ POR QUÉ ME HACEN ESTO?

 

¿ Por qué me hacen esto? Fue la primera pregunta que se le ocurrió al ser violentamente empujado. Antes nunca había recibido ese trato. Es cierto que donde se encontraba no existía luz y la humedad era terrible, pero en cambio la temperatura era agradable y prácticamente nadie le causaba molestias. Más que en una cárcel él se sentía en un lugar que lo protegía del medio externo. Amaba su soledad. Minutos después un nuevo empujón, ligeramente más violento que el anterior, y más largo en tiempo, hizo que su cabeza y su cuerpo se estrellaran contra las paredes. A partir de ese momento, de un modo regular al principio, y después con mayor frecuencia, fue aventado de un lado a otro; su cabeza rebotaba contra las paredes, contra el techo y contra el piso que era el más duro.  Quería gritar pero los líquidos que se introducían a su boca lo impedía. ¡Voy a morir, voy a morir! Son las palabras que le hubiera gustado gritar para que alguien lo auxiliara. Pero imposible hacerlo. Ahora las sacudidas se volvieron más frecuentes, más terribles. Yo no he hecho nada para merecer este trato, pensaba, me he portado bien, he sido obediente, lo único que he hecho es dar patadas contra las paredes, pero esto ocasionalmente. Era una forma de saber que estaba vivo. Tres horas duró esta tortura, tres horas que le parecieron una eternidad. Hablaré con la comisión de derechos humanos, se prometió. Esto no puede suceder y menos aún quedar sin castigo. Como si leyeran sus pensamientos y quisieran ordenarle que no pensara, que no hiciera, que no se atreviera, lo empezaron a apretar, a apretar por todos lados, intensamente. Un apretón que lo dejó sin poder respirar para después nuevamente lanzarlo de un lado a otro. Quedó de cabeza. Nuevamente vino el estrangulamiento, igual al de una serpiente pitón que se le hubiera enredado en todo su cuerpo. Aprendió rápidamente la lección.  Nada de quejas, nada que querer explicar lo que le sucedía. Ahora lo único que trataba era evitar la muerte por asfixia. Un último golpe hizo que su cabeza se estrellara contra el piso con una fuerza inusitada. Ya valí, se dijo antes de perder el conocimiento. Momentos después, ya recuperado, notó que todo había cambiado. Ahora estaba en un túnel estrecho. Quiso regresar a su lugar de origen. Imposible, unas fuerzas extrañas se lo impedían, y no sólo eso, sino que lo empujaban hacia delante. ¿ A dónde me conducen, quién lo hace, son órdenes de quién? Nadie le respondió a sus preguntas. ¡ Ay! Gritó cuando los huesos de su cráneo se dislocaron, se encimaron unos sobre otros como la corteza terrestre lo hace en los grandes sismos. Ahora sí pudo gritar. El líquido ya había desaparecido.  Pensó, sin saber por qué, en su cara. El se consideraba bello, pero ahora, con tantos golpes, de seguro estaría hinchado de los ojos, de la boca, amoratado de los golpes, llenó de sangre. Espero que nadie me vea en estas condiciones, se dijo, con la presunción que lo caracterizaba. Y menos aún que me vayan a ver como estoy, todo desnudo y con los testículos al aire, crecidos, enormes. Bueno, sonrió, esto puede ser bueno, así sabrán desde ahora... ¡ Ay, ay, ay! Gritó varias veces. No conocía otra palabra para externar el dolor y la desesperación al ser empujado violentamente y después asido de la cabeza por unas garras enormes. Pensó en una grúa gigantesca, en un monstruo. Las garras lo jalaron, del calor pasó al frío intenso, quiso taparse con algo pero no tenía nada a su alrededor.  En ese momento se dio cuenta que ya no estaba en el mismo lugar de siempre, ahora todo era diferente. Una intensa luz, una luz dolorosa, hizo que apretara sus párpados. Violentamente fue izado por la grúa a una altura increíble. Me voy a caer, pensó, y me voy a estrellar en el suelo. Todo calculó menos lo que le iba a suceder. Otra garra, sin haber dado él el mínimo motivo, le propinó una fuerte nalgada. Fue tanta su indignación que se ahogó. A continuación decidió insultar al que lo golpeó tan injustamente. Al no conocer palabra alguna, excepto el ay, lanzó fuertes sonidos por su boca. Escuchó, o creyó escuchar, los primeros aplausos de su vida. Después las luces artificiales, las tomas de video, las fotos de diversas cámaras. ¡ Soy famoso! Aseguró. No importa lo hinchado que esté,  ellos saben reconocer. Sonriendo cayó en un profundo sueño. La madre, aún en la mesa de parto, lo recibió amorosa  en sus brazos de manos del obstetra. Fue niño, le dijeron.

 

Tomás Urtusástegui

 

 

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