La hacienda de Juriquilla a través de los siglos


La hacienda de Juriquilla, ubicada en los llamados llanos de los chichimecas al inicio de la Conquista española, tuvo su origen a mediados del siglo XVI, dos décadas después de la fundación del pueblo de indios de Querétaro, ocurrida el 25 de julio de 1531, como señala la tradición surgida de las crónicas franciscanas. En su inicio se dedicó a la producción de ganado y a partir de la segunda mitad del siglo XVII se convirtió en una de las más importantes fincas agrícolas ubicadas al norte del distrito queretano.

Juan Sánchez de Alanís y Juan Rico de Rojas fueron los primeros poseedores de los sitios de estancia de ganado nombrados La Solana, Jurica y El Peñol, que el virrey Luis de Velasco otorgó en 1551. La Solana y El Peñol constituyeron junto con el sitio llamado La Ciénega de los Mulatos, que la Real Audiencia concedió en 1556 a Gaspar de Castañeda, la unidad productiva que a partir de mediados del siglo XVII se conoció como hacienda de Juriquilla, diminutivo de Jurica, seguramente por ser parte de las tierras que formaban el valle de este nombre.

El 20 de enero de 1556, Sánchez de Alanís y Rico de Rojas vendieron sus tierras a Fernando de Tapia, fundador del pueblo de Querétaro y gobernador de la República de Indios, los sitios de Jurica, El Peñol y La Solana, que eran colindantes, en 600 pesos oro. La familia Tapia poseyó estas tierras hasta el final del siglo XVI.

Al inicio del siglo XVII, dichos sitios pasaron a poder del convento de monjas de Santa Clara de Jesús, el cual fundó Diego de Tapia, hijo de Fernando, en 1606. El resto de dicha centuria estuvieron en manos, sucesivamente, de Margarita de Lesea, los hermanos Antonio y Gonzalo Yáñez -oriundos del pueblo de Cadereyta-, la Congregación de Clérigos Seculares de Nuestra Señora de Guadalupe y el capitán Manuel Gómez. Durante la segunda mitad de dicha centuria los sitios de La Solana, El Peñol y La Ciénega de los Mulatos se habían integrado y formaban ya la hacienda de Juriquilla, que para entonces contaba con instalaciones e infraestructura básica dedicada a la producción agrícola.

En 1707, los clérigos seculares pusieron a la venta la finca, la cual contaba con cinco sitios y fue adquirida el 30 de septiembre de ese año por el capitán Santiago de Villanueva y Oribay, antiguo minero de Zacatecas y vecino de la ciudad de Querétaro, en 31 223 pesos. Su nuevo dueño la dotó de mayor infraestructura y construyó los edificios que hasta hoy se conservan como parte del confortable Hotel Mision Juriquilla, como parte del moderno desarrollo inmobiliario, comercial, educativo y turístico denominado Provincia Juriquilla, que durante las tres últimas décadas ha impulsado la familia Torres Landa García.

Villanueva y Oribay fue un personaje notable en Querétaro y uno de los principales dueños de obrajes, ya que en Juriquilla contaba con dos; en la década de 1720 participó con Juan Antonio de Urrutia y Arana, marqués de la Villa del Villar del Águila, en el proyecto de construcción del Acueducto para traer a la ciudad el agua de los manantiales de La Cañada. En 1731, por encargo del Ayuntamiento, participó en la redacción de las Ordenanzas para el gobierno de la ciudad de Querétaro.

El capitán Santiago de Villanueva sentó las bases que hicieron posible la primera etapa de florecimiento de la hacienda (1707-1734). Sin embargo, luego de su muerte, ocurrida en 1735, la hacienda decayó. Dejó como sus sucesores a su segunda esposa Ana María de Terreros y Sousa y a sus hijas Felipa Jacoba y María Manuela. A mediados de siglo las sucesoras, el Santo Oficio de la Inquisición y la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe promovieron un juicio ante la Real Audiencia, que mandó embargar Juriquilla, lo que provocó su abandono absoluto.

En la década de 1780 la finca pasó a poder de Pedro Antonio de Septién Montero y Austri, quien fue alférez real de la ciudad de Querétaro. En 1784, la Real Audiencia la entregó a Felipa Jacoba de Villanueva, hija y heredera de Santiago de Villanueva, quien la heredó a su nieto José Manuel Septién. En 1844 pasaron a manos de los hijos de éste, Dolores y José Antonio Septién y Villaseñor. Al hacer el reparto de los bienes, la hacienda de Juriquilla y sus anexas correspondieron a Dolores, quien dictó su testamento en 1857; nombró como herederos a sus cinco hijos y como albacea a su esposo Timoteo Fernández de Jáuregui, quien en 1862 se adjudicó todos los bienes.

En poder de Timoteo y bajo la administración de Bernabé Loyola Venegas, quien a los pocos años se convirtió en su yerno por partida doble, ya que se casó con dos de sus hijas: Catalina (1859), con quien procreó once hijos y Dolores (1877), con quien tuvo doce hijos, la finca entró en una nueva etapa de florecimiento, ya que se convirtió en uno de los más importantes centros productivos de la ciudad de Querétaro junto con las haciendas de La Solana, San Isidro, Santa María del Retablo, la labor de El Cerrito y San Juanico, que fue la más productiva hasta la primera década del siglo XX, al inicio de la Revolución Mexicana.

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