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El Acueducto de Querétaro: Trescientos años de un gigante de cantera y leyenda

  • 25 jun
  • 4 min de lectura

Hay monumentos que no solo decoran una ciudad, sino que la definen, la explican y, en el sentido más literal, la sostienen. Para Santiago de Querétaro, ese coloso es su Acueducto. No se trata únicamente de una impresionante infraestructura hidráulica del siglo XVIII; es el corazón de piedra rosa que late sobre la urbe. Mirar hoy sus arcos es asomarse a una historia de ingeniería, fe y un místico afecto que, a tres siglos del inicio de su construcción, sigue maravillando a propios y extraños.

La sed de una ciudad y el milagro de la cantera

Hacia las primeras décadas del siglo XVIII, Querétaro padecía una paradoja cruel: era una próspera e importante urbe novohispana, pero sus pozos y acequias sufrían una alarmante contaminación. El agua limpia era un lujo y las enfermedades acechaban. Fue en este contexto que comenzó a gestarse una de las mayores hazañas arquitectónicas de la época. La construcción formal de la majestuosa arquería inició hacia 1726, bajo el amparo económico y la dirección de Juan Antonio de Urrutia y Arana, el Marqués de la Villa del Villar del Águila.

El gran reto no era solo levantar los arcos, sino encontrar una fuente de agua pura y conducirla de forma eficiente. El origen de este milagro líquido se localizó en los ricos manantiales de El Capulín, ubicados en la población de La Cañada —zona que actualmente pertenece al municipio de El Marqués—. Desde este punto, el agua potable era captada y encauzada.

Para comprender la magnitud de la obra, basta con mirar las cifras con ojos de asombro contemporáneo. La arquería monumental, que cruza el imponente valle queretano, se extiende por más de 1,200 metros y está sostenida por 74 arcos que alcanzan una altura máxima de casi 23 metros —el equivalente a un edificio moderno de siete pisos—. Toda esta estructura fue levantada con cantera rosa y mortero de cal y canto, una combinación que ha resistido sismos, guerras y el irrefrenable paso de la modernidad. El líquido vital viajaba desde La Cañada hasta la caja de agua en el convento de la Cruz, recorriendo un trayecto total de varios kilómetros con una pendiente tan sutil y precisa que parece un milagro matemático.

¿Quién fue el Marqués de la Villa del Villar?

Don Juan Antonio de Urrutia y Arana (1670-1743) fue un destacado noble, político e ingeniero consumado nacido en el País Vasco, España, que consolidó su fortuna y prestigio en la Nueva España. Nombrado Marqués de la Villa del Villar del Águila, ejerció cargos de alta relevancia en la capital del virreinato, pero su nombre quedó grabado en la historia gracias a su faceta como mecenas y supervisor técnico en Querétaro. Hombre de profunda fe y visión urbanística, no solo financió con gran parte de su fortuna personal la construcción del acueducto, sino que supervisó diariamente a los obreros a pie de obra, ganándose el respeto eterno de una región que, gracias a él, calmó su sed de siglos.

Hacia las primeras décadas del siglo XVIII, Querétaro padecía una paradoja cruel: era una próspera e importante urbe novohispana, pero sus pozos y acequias sufrían una alarmante contaminación. El agua limpia era un lujo y las enfermedades acechaban. Fue en este contexto que comenzó a gestarse una de las mayores hazañas arquitectónicas de la época. La construcción formal de la majestuosa arquería inició hacia 1726, bajo el amparo económico y la dirección de Juan Antonio de Urrutia y Arana, el Marqués de la Villa del Villar del Águila.

Entre la devoción y el romance: la leyenda del Marqués

Ninguna obra de tal envergadura en México está completa sin el misticismo del mito. La tradición oral queretana ha sabido vestir la piedra con los ropajes del romance. Dice la leyenda que el Marqués de la Villa del Villar del Águila no emprendió este colosal gasto puramente por filantropía, sino por amor.

Al llegar a Querétaro, el Marqués quedó prendado de Sor Marcela de Jesús Nazareno, una monja capuchina de notable virtud y parentesco con el propio aristócrata. Ante la imposibilidad de un amor terrenal debido a los votos de la religiosa, ella le pidió un favor que mitigara las penas de su comunidad: agua limpia para la ciudad. El Marqués, en un sublime acto de sublimación amorosa, transformó su devoción en piedra y canalizó su fortuna para levantar el acueducto. Verdad o poesía, la leyenda dota a cada arco de una ligereza lírica, convirtiendo la obra en un monumento al amor platónico.

El testigo de la modernidad

Hoy en día, el acueducto ya no transporta el agua de la ciudad, pero sigue cumpliendo una función vital: es el eje identitario de los queretanos. La ciudad ha crecido a un ritmo vertiginoso; lo que antes eran terrenos de cultivo y pastizales en la periferia novohispana, hoy es una de las avenidas más transitadas del estado, donde los arcos actúan como un majestuoso camellón histórico.

A trescientos años de que se colocara la primera piedra de su arquería, el monumento luce impecable bajo el sol del Bajío y se viste de gala por las noches gracias a un sofisticado sistema de iluminación. Es el guardián de una ciudad que equilibra perfectamente su vibrante desarrollo empresarial e industrial con el respeto profundo por su pasado catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

Una invitación al corazón de México

Visitar Querétaro y no caminar bajo la sombra de sus arcos es un viaje incompleto. El Acueducto es la puerta de entrada a un Centro Histórico barroco, limpio y peatonal, repleto de plazas arboladas, casonas virreinales y andadores que invitan a la contemplación y al disfrute de un buen vino de la región.

Querétaro espera al viajero con los brazos abiertos y la majestuosidad de su historia intacta. Déjese cautivar por la magia de una ciudad que supo transformar la necesidad en arte, y el agua en una eterna poesía de cantera rosa.

Si quieres descubrir más sobre la ciudad de Querétaro y su extraordinaria oferta turística y cultural, visita la página oficial de la Secretaría de Turismo del Estado de Querétaro en www.queretaro.travel 


 
 
 

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