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Santiago de Querétaro celebra el 495 aniversario de su fundación

  • 25 jul
  • 5 min de lectura


Por: Lorena Meeser

Cada 25 de julio, el calendario marca no solo una fecha en el mapa del tiempo, sino la conmemoración de una de las geografías urbanas más fascinantes y determinantes en la historia de Norteamérica. Según la tradición, fue el 25 de julio de 1531 cuando se asentaron las bases de Santiago de Querétaro. Sin embargo, la grandeza de este territorio no comenzó con el trazo español; hunde sus raíces en un pasado primigenio, donde las tierras ricas y fértiles brindaron cobijo a bravos pueblos otomíes y purépechas. Aquellos primeros pobladores amaron estos cerros pródigos en piedras y metales, y poblaron los llanos cuyas aguas dieron vida a una vegetación y fauna incomparables. Testimonio indeleble de esta presencia mesoamericana son los vestigios arqueológicos en Toluquilla, Ranas y El Pueblito.

El origen mismo de su nombre evoca una rica pluralidad cultural. Una versión purépecha sostiene que significa "lugar donde se juega la pelota" o "juego de pelota", mientras que la voz otomí lo traduce como "lugar de piedras". En la lengua ñhäñhú, se empleaban los vocablos Maxei (“Juego de pelota”) y Ndamaxei (“El mayor juego de pelota”). No obstante, investigaciones lingüísticas recientes sugieren la expresión purépecha k’eri irétarho (k’eri: grande; ireta: pueblo; rho: locativo), que se traduce como “lugar del gran pueblo” o “lugar del pueblo grande”, locución que con el paso de las centurias derivó en la denominación actual.

La narrativa de su fundación hispánica entrelaza de manera inseparable la crónica histórica y el mito fundador. Se remonta a la alianza entre el español Hernán Pérez Bocanegra y Córdoba y el cacique otomí de Jilotepec, Conín, quien posteriormente adoptó el nombre castellanizado de Fernando de Tapia. La tradición oral relata que en el cerro del Sangremal se libró una célebre batalla sin armas, a mano limpia, entre los chichimecas locales y los otomíes colonizados encabezados por los españoles. Cuando los chichimecas dominaban el combate, un eclipse oscureció el cielo y aparecieron las estrellas; en las alturas emergió una gran cruz rodeada de luz junto al Apóstol Santiago montado en un brioso caballo. Ante la visión, las huestes chichimecas se rindieron y aceptaron la nueva fe, dando origen al nombre de Santiago de Querétaro.

Esta gesta quedó plasmada en el escudo de armas de la ciudad, donde un óvalo central exhibe la cruz, al apóstol a caballo, el sol poniéndose y el cielo estrellado. Como testimonio de aquella época, en el altar del Convento de la Cruz se preserva una escultura tallada en piedra, al igual que el legendario árbol surgido del bastón de Fray Margil de Jesús, de cuyas ramas brotan espinas en forma de cruz.

Con el transcurrir de los siglos, la urbe consolidó su prominencia virreinal. En octubre de 1655, el Cabildo gestionó el título de "Noble y Leal Ciudad de Santiago de Querétaro", expedido por el virrey en enero de 1656, confirmado por el rey Felipe V de España en 1712 y promulgado oficialmente el 9 de noviembre de 1714 por el virrey duque de Linares.

El siglo XVIII trajo consigo las obras monumentales que hoy identifican a la ciudad. El 15 de enero de 1726, Don Juan Antonio Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar y del Águila, inició la construcción del célebre acueducto para atender las necesidades de agua de las monjas capuchinas y la población. Esta obra de ingeniería, símbolo indiscutible del paisaje queretano, consta de 74 arcos que alcanzan una altura promedio de 23 metros a lo largo de 1,280 metros de longitud. Años más tarde, el 21 de agosto de 1796, el virrey autorizó al corregidor Ignacio Ruiz Calado la construcción de la Alameda, financiándola parcialmente con corridas de toros.

Si algo define la trascendencia de Querétaro es su papel primordial como escenario de las transformaciones sociopolíticas de México. En sus casonas germinó la gesta insurgente: la mañana del 13 de septiembre de 1810 fue apresado Epigmenio González al descubrírsele un arsenal, y al día siguiente fueron detenidos el Corregidor Don Miguel Domínguez y su esposa,

Doña Josefa Ortiz de Domínguez, pieza clave en la conspiración independentista.

Décadas después, el 28 de marzo de 1843, el gobernador don Julián Juvera colocó la primera piedra de la Fuente del Marqués en la Plaza Mayor, depositando una caja de plomo dorado con los planos de la obra que incluiría la estatua del prócer sostenida por un basamento con cuatro perros de plomo.

Durante las intervenciones y conflictos del siglo XIX, la ciudad fungió en repetidas ocasiones como el centro neurálgico del país:

  • 1847: Fue nombrada capital de la República Mexicana por el presidente interino Manuel de la Peña y Peña durante la invasión estadounidense.

  • 1848: El 30 de mayo se firmó en sus recintos el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual se cedieron a los Estados Unidos los territorios del norte.

  • 1867: Fue testigo del fin del Segundo Imperio Mexicano con la caída y posterior fusilamiento del emperador Maximiliano de Habsburgo junto a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía el 19 de junio en el Cerro de las Campanas. Tras este hecho, comenzó a circular el diario oficial La Sombra de Arteaga, bajo la dirección de Luciano Frías y Soto y la redacción de Hipólito Alberto Vieytez. Asimismo, por decreto del 18 de julio de 1867 emitido por el coronel Julio M. Cervantes, se le asignó el nombre de “Querétaro de Arteaga” en honor al general José María Arteaga.

  • 1916-1917: Fue nombrada por tercera vez capital del país. En el "Teatro de la República" (antes Teatro Iturbide), el Congreso Constituyente promovido por Venustiano Carranza discutió y promulgó el 5 de febrero de 1917 la Constitución Política que rige actualmente a la nación.

Este mismo teatro —inaugurado en su origen con la comedia Por Dinero Baila el Perro y por Pan si se lo Dan y escenario de célebres presentaciones de la soprano Ángela Peralta— resguarda una profunda memoria cultural e histórica: ahí se ensayó por primera vez el Himno Nacional Mexicano antes de su estreno formal en la capital en 1854, y en 1922 el gobernador José María Truchuelo decretó su cambio de nombre a Teatro de la República.

La modernización del siglo XIX dejó huellas imborrables en la memoria colectiva. A las tres de la tarde del 14 de febrero de 1882, más de veinte mil espectadores aclamaron la llegada del primer ferrocarril frente a la Alameda, entre el repique de campanas, música y cohetes. En diciembre de ese mismo año se inauguraron los primeros tranvías tirados por mulas, los cuales prestaron servicio hasta 1930, cuando fueron relevados por los autobuses urbanos. En el ámbito urbano, el gobernador Rafael Olvera mandó traer de Europa el emblemático reloj de San Francisco, instalado en junio de 1884 e inaugurado el 10 de julio sobre el alto relieve de Santiago Apóstol, sustituyendo al artefacto colocado en 1796 por el relojero Manuel Carrera.

Hoy en día, Santiago de Querétaro destaca no solo como el corazón geográfico de la República Mexicana, sino como un faro de desarrollo económico, industrial y descentralización. Su Centro Histórico fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO el 5 de diciembre de 1996, reconociendo un legado urbano y arquitectónico excepcional donde conviven armónicamente palacios, templos y casonas de incalculable valor, tales como la Casa de la Corregidora, la Casa de la Marquesa, la Casa de Ecala, el Templo de Santa Rosa de Viterbo, el Museo de Arte (ex convento de San Agustín) y Plaza de Armas.

A casi cinco siglos de su fundación, Querétaro se erige como una tierra pionera que albergó la tercera universidad más antigua del continente y cobijó el pensamiento ilustrado que dio origen a las instituciones republicanas. Entre la solidez de sus 74 arcos y la modernidad de su crecimiento contemporáneo, Santiago de Querétaro reafirma su condición de guardián de la memoria y pilar fundamental en el devenir histórico de México.


 
 
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