El techo de cristal y el silencio forzado en el periodismo: una radiografía de por qué las mujeres sí importan.
- 23 mar
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El techo de cristal y el silencio forzado: radiografía de la desigualdad en el periodismo mexicano
Por: Lorena Meeser
El periodismo en México, históricamente considerado el cuarto poder, arrastra una deuda estructural con las mujeres que lo ejercen. Se enuncia como un contrapeso democrático, un espacio donde la verdad se disputa con rigor y donde las voces construyen ciudadanía. Sin embargo, puertas adentro, ese mismo ejercicio crítico convive con una contradicción persistente: la desigualdad estructural de género. Las redacciones están conformadas por mujeres; los espacios de poder, no. El ascenso hacia la toma de decisiones y la equidad salarial sigue siendo una carrera de obstáculos marcada por la exclusión y, en ocasiones, por el menosprecio abierto.

La brecha que no se ve
La desigualdad en el periodismo mexicano no es una percepción; es un dato. Según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y diversas organizaciones dedicadas a la libertad de expresión, las mujeres periodistas ganan, en promedio, entre un 10% y un 15% menos que sus colegas hombres por trabajos equivalentes. Pero la brecha más profunda no es solo monetaria, sino de representatividad: la verdadera fractura está en el acceso al poder editorial.
Menos del 20% de las direcciones de medios en México están ocupadas por mujeres. Aunque existen nombres que han roto ese techo de cristal —figuras como Denise Maerker, Carmen Aristegui, Azucena Uresti, Paola Rojas y Adela Micha—, su presencia, aunque influyente, sigue siendo la excepción que confirma la regla. La estructura continúa siendo mayoritariamente masculina en consejos editoriales, direcciones generales y mesas de análisis político.
En los noticieros de mayor audiencia —televisión abierta, radio nacional y grandes plataformas digitales—, las figuras femeninas visibles suelen concentrarse en la conducción, pero no necesariamente en la toma de decisiones estratégicas; la titularidad de los “espacios estelares” sigue estando mayoritariamente en manos de hombres.

Querétaro: la estructura de poder en los medios locales
El pasado 17 de marzo, un episodio volvió a evidenciar las tensiones estructurales dentro del gremio periodístico en Querétaro. En una reunión de alto nivel convocada con autoridades militares, la ausencia de mujeres directivas en medios de comunicación quedó expuesta tras la difusión de una fotografía oficial. La exclusión fue señalada públicamente por periodistas, generando una conversación que escaló días después, cuando el tema fue abordado en un espacio de opinión (Blanco y Negro) en tono de burla, minimizando la inconformidad y cuestionando la relevancia profesional de las ausentes. La respuesta no se hizo esperar: comunicadoras del estado reaccionaron con datos sobre la violencia y desigualdad que enfrentan en el ejercicio de su labor. Posteriormente, se emitió un posicionamiento público que, aunque presentado como disculpa, fue percibido por parte del gremio como insuficiente, al no reconocer de fondo la dimensión del problema y reforzar, de manera implícita, las mismas lógicas de exclusión.
En Querétaro, uno de los estados con mayor dinamismo económico del país, el ecosistema mediático refleja con particular nitidez esta disparidad. El crecimiento de medios locales y plataformas informativas no ha estado acompañado de una redistribución equitativa del poder.
Las mujeres participan activamente como reporteras, editoras y generadoras de contenido, pero siguen subrepresentadas en los espacios donde se decide la agenda pública. La exclusión no siempre es explícita; a menudo se manifiesta en omisiones, en invitaciones que no llegan y en decisiones que se toman sin su voz.
La exclusión de mujeres directivas en reuniones de alto nivel no es un hecho aislado, sino un síntoma de un sistema que considera la voz femenina como “prescindible” o “secundaria”.
Ante este contexto, el gobernador Mauricio Kuri ha sido claro en su postura institucional: existe tolerancia cero hacia cualquier forma de discriminación de género. Un posicionamiento que, en el terreno de los medios, plantea un desafío urgente: traducir el discurso en prácticas reales de inclusión y aseguró que se revisará el caso con la Secretaría de Gobierno para evitar que situaciones similares se repitan dentro de las instalaciones gubernamentales, al tiempo que reiteró su rechazo a expresiones que vulneren la equidad.

Violencia de género: el costo de informar siendo mujer
Ejercer el periodismo en México implica riesgos. Hacerlo siendo mujer implica el doble. De acuerdo con datos de la organización Comunicación e Información de la Mujer A.C., las periodistas enfrentan no solo amenazas vinculadas a su labor, sino agresiones específicas por su género.
Estas violencias adoptan múltiples formas:
Acoso digital: ataques en redes sociales con contenido sexualizado, amenazas o descalificaciones personales.
Violencia simbólica: deslegitimación de su trabajo mediante burlas, estereotipos o cuestionamientos a su capacidad profesional.
Exclusión sistemática: marginación de espacios de toma de decisiones o coberturas clave.
México figura de manera constante entre los países más peligrosos para ejercer el periodismo. En ese contexto, las mujeres no solo informan: resisten.

La mesa incompleta: la analogía del “invitado invisible”
Imaginemos una reunión o una comida con una mesa larga, carpetas confidenciales y decisiones que impactarán la conversación pública. Las sillas están ocupadas, pero hay ausencias evidentes: no porque no existan perfiles capaces, sino porque no fueron convocadas.
Se toma la fotografía oficial y, de pronto, el cuadro es un desfile de trajes y corbatas. No hay ni una sola directora de medios, a pesar de que hay varias.
Cuando esas ausencias se señalan, la respuesta no siempre es la autocrítica. A veces llega en forma de ironía, de desdén o incluso de risa. Se minimiza la ausencia bajo el argumento de que no afecta el banquete; se cuestiona la relevancia de quienes no están y la exclusión se convierte en anécdota.
Ese gesto —aparentemente trivial— es profundamente revelador. No solo normaliza la desigualdad, sino que la legitima. Y lo hace desde uno de los espacios más delicados: el propio gremio que debería cuestionar todas las formas de poder.

La trampa de la “franqueza”
En el periodismo, la palabra es una herramienta e implica responsabilidad. Cuando se utiliza para desacreditar, minimizar o ridiculizar a colegas, deja de ser crítica y se convierte en violencia.
Las disculpas que no asumen responsabilidad, que se escudan en la “franqueza” o que niegan el sesgo de género mientras lo reproducen, no reparan el daño: lo perpetúan. En ese discurso subyace una idea peligrosa: que la relevancia profesional puede definirse desde la cercanía al poder y no desde el mérito.
No es una disculpa, es una reafirmación del poder. Es decirle al gremio femenino: “Su trabajo es valioso para redactar la nota, pero no para sentarse a la mesa donde se decide qué es la nota”.

Más allá del discurso: una deuda pendiente
El problema de fondo no es solo la falta de mujeres en ciertos espacios, sino la persistencia de una cultura que sigue considerando su participación como secundaria. Y mientras esa lógica no cambie, cualquier avance será superficial.
El periodismo, como espejo social, no puede aspirar a la credibilidad si reproduce las mismas desigualdades que pretende denunciar. La equidad no es una concesión: es una condición mínima para ejercer con legitimidad.
El respeto no es opcional. La equidad no es negociable.
El periodismo local no puede madurar si sigue tolerando la misoginia disfrazada de “análisis”. La credibilidad de un medio no solo se mide por sus exclusivas, sino por la dignidad con la que comunica a la sociedad.
Las mujeres en el periodismo no solo importan: informan, cuestionan y construyen democracia todos los días.
Las mujeres sí importan.







































Muy cierto, capacidad hay tanto en mujeres como en hombre, responsabilidad también, entonces ?