¿Por qué las monarquías siguen reinando en pleno siglo XXI? El poder que no gobierna, pero domina.
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Por: Lorena Meeser
En pleno siglo XXI, cuando la democracia, la transparencia y la rendición de cuentas se han convertido en valores universales, las monarquías parecen una contradicción histórica. Y, sin embargo, siguen ahí: intactas, vigentes e influyentes.
Ninguna como la del Reino Unido, la más representativa, la más observada y, paradójicamente, la más aceptada por su población. La monarquía británica no gobierna, pero reina; no legisla, pero influye; no decide, pero pesa. Y ese es, precisamente, su mayor poder.

Monarquías hoy: símbolos que valen oro
Las monarquías contemporáneas ya no ejercen —al menos formalmente— el poder político absoluto. En la mayoría de los casos, se han transformado en instituciones simbólicas, diseñadas para representar la continuidad, la identidad nacional y la estabilidad. No hacen leyes, pero inauguran parlamentos; no gobiernan, pero pronuncian discursos históricos; no deciden políticas públicas, pero reciben jefes de Estado y concentran la atención mediática global.
Su fuerza radica en algo más sofisticado: la legitimidad emocional. Coronas, tronos, palacios, ceremonias milimétricamente coreografiadas y rituales centenarios siguen fascinando a millones. Las monarquías ofrecen una narrativa que las democracias no pueden ofrecer: la ilusión de permanencia en un mundo incierto.

El Reino Unido: la monarquía como obra maestra de poder
Tras la muerte de la reina Isabel II, el Reino Unido vivió una transición simbólica de enorme peso histórico. Cambiaron las monedas, los sellos postales, insignias militares y hasta el himno nacional, que pasó de God Save the Queen a God Save the King. Son detalles aparentemente menores, pero cargados de significado: pero recuerdan que la Corona sigue siendo el eje simbólico del Estado.
La monarquía británica ha perfeccionado como ninguna otra el arte del poder de manera sutil. Ha entendido que, en la era democrática, la neutralidad política es su salvavidas. La imparcialidad no es una virtud moral: es una estrategia de supervivencia. Al no tomar decisiones que afecten directamente a los ciudadanos, evita el desgaste político y se mantiene como árbitro simbólico, no como actor controversial.

Una institución que se hereda… junto con la riqueza
Aunque no gobierna, la monarquía británica es una de las instituciones más ricas del planeta. Recibe más de 700 millones de dólares anuales en fondos públicos y posee un patrimonio difícil de auditar: palacios como Buckingham y Windsor, residencias privadas como Balmoral y Sandringham, colecciones de arte y joyas valuadas en cientos de millones de dólares, además de inversiones en paraísos fiscales como Bermudas. Su fortuna es, en gran medida, inescrutable.

El origen de esa riqueza se remonta a varios siglos, cuando la palabra del rey era ley. Los súbditos pagaban impuestos a cambio de protección, favores o simplemente por existir bajo la Corona. Ese dinero se convirtió en palacios, ejércitos y conquistas. En Japón y el Reino Unido, muchas de esas residencias siguen siendo propiedad de la familia imperial o real.

Imperio, esclavitud y memoria incómoda
El Imperio Británico fue el más grande que ha existido. Desde el siglo XV, Europa inició una expansión global que colocó a casi todo el planeta bajo dominio real. En 1655, Gran Bretaña invadió Jamaica y, entre 1660 y 1752, la Real Compañía Africana —con respaldo directo de la Corona— se convirtió en la mayor institución esclavista de la historia, que traficó cerca de tres millones de personas hacia América.
Colonialismo y esclavitud no fueron accidentes: fueron el corazón ideológico del imperio. La riqueza británica se basó en gran parte en la trata de esclavos, una industria racista que enriqueció a miles y devastó continentes. Aunque el tráfico terminó a inicios del siglo XIX, los imperios sobrevivieron durante el siglo XX.
Hoy, diversas estimaciones calculan que el Reino Unido debería indemnizar con sumas millonarias: 3 billones de dólares a Jamaica, entre 9.7 y 11.9 trillones al Caribe, y 44.6 trillones a la India. Cifras que reabren el debate sobre la responsabilidad histórica de la Corona.

De imperio a espectáculo global
El siglo XX marcó el derrumbe de muchas monarquías tras las guerras mundiales. Japón perdió sus colonias; Europa vio caer tronos históricos. El Reino Unido sobrevivió gracias a una reinvención radical de su imagen.
La familia real entendió algo clave: debía dejar de parecer distante y empezar a parecer cercana. Abandonaron la solemnidad absoluta, salieron a las calles, estrecharon manos y elaboraron una estrategia de relaciones públicas sin precedentes. Con giras interminables por antiguas colonias, promovieron la idea de la Commonwealth como una asociación basada en unidad, democracia e igualdad.
De las 63 colonias británicas independizadas en el siglo XX, casi la mitad decidió integrarse a la Mancomunidad. Hoy, 15 países —incluidos Canadá, Australia, Nueva Zelanda y varias naciones del Caribe— reconocen al monarca británico como jefe de Estado.

La familia como negocio emocional
La monarquía británica convirtió la idea de familia en un producto global. Bodas, nacimientos y funerales se transforman en eventos nacionales y de interés global. La boda de Diana y Carlos fue vista por casi una cuarta parte de la población mundial. Ninguna “tele-realidad” ha durado tanto ni ha sido tan rentable.
Los medios amplifican esa narrativa y la realeza la utiliza con precisión quirúrgica. Diana entendió el juego como nadie: humanizó la Corona y multiplicó su poder simbólico. Atención mediática significa influencia, y la influencia, en el siglo XXI, es poder puro.
¿Hasta cuándo durará el hechizo?
El gran desafío de las monarquías modernas es conservar su aura. La gente ya no quiere obediencia, pero sí magia. Quiere cuentos de hadas en un mundo desencantado. Mientras logren ofrecer esa ilusión —sin cruzar la línea del poder político— seguirán vigentes.
Las monarquías ya no gobiernan imperios, pero dominan el imaginario colectivo. Y la británica, con siglos de experiencia, sigue siendo la más hábil en ese arte: el de reinar sin mandar y mandar sin gobernar.

Qué es una monarquía y por qué aún existe en el mundo moderno
Una monarquía es una forma de gobierno en la que la Jefatura del Estado recae en una sola persona —rey, reina, emperador, emir o sultán— cuyo cargo es vitalicio y hereditario. El término proviene del griego monos (uno) y arkhein (gobernar). Durante siglos, los monarcas concentraron el poder político, militar y religioso, muchas veces legitimado por la idea del “derecho divino”.
Hoy, la mayoría de las monarquías han sobrevivido adaptándose a sistemas democráticos, transformando el poder absoluto en poder simbólico, ceremonial o limitado, aunque no todas evolucionaron de la misma manera.
Tipos de monarquía
Monarquía absoluta
El monarca concentra todo el poder del Estado. No existe división de poderes ni límites constitucionales efectivos: su voluntad es la ley. Suele justificarse por razones religiosas, tradicionales o dinásticas.
Ejemplos actuales: Arabia Saudita, Brunéi, Omán.

Monarquía constitucional
El poder del rey está limitado por una Constitución. El monarca es Jefe de Estado, pero debe actuar conforme a la ley y compartir el poder con otras instituciones. Puede tener ciertas funciones políticas formales, aunque controladas.
Ejemplo: Marruecos, Jordania.

Monarquía parlamentaria
Es la forma más común hoy en Europa. El monarca reina, pero no gobierna. No toma decisiones políticas: el poder ejecutivo recae en un primer ministro y un parlamento electo. Su función es simbólica, representativa y diplomática.
Ejemplos: Reino Unido, España, Suecia, Japón.

Monarquía híbrida
Sistema intermedio donde el monarca conserva influencia política real, aunque coexiste con instituciones democráticas. No es totalmente absoluta ni plenamente parlamentaria.
Ejemplos: Tailandia, Emiratos Árabes Unidos.
¿Cuántas monarquías hay en el mundo?
Actualmente existen 43 monarquías activas en el planeta, distribuidas así:
Europa
Reino Unido
España
Bélgica
Dinamarca
Noruega
Suecia
Países Bajos
Luxemburgo (Gran Ducado)
Liechtenstein
Mónaco
Andorra (coprincipado)
Asia y Medio Oriente
Japón
Arabia Saudita
Bahréin
Brunéi
Bután
Camboya
Catar
Emiratos Árabes Unidos
Jordania
Kuwait
Malasia
Omán
Tailandia
África
Marruecos
Lesoto
Eswatini (Suazilandia)
Oceanía
Tonga
Samoa
Además, 15 países independientes reconocen al monarca británico como Jefe de Estado dentro de la Commonwealth, entre ellos Canadá, Australia, Nueva Zelanda y varios países del Caribe.
Los Habsburgo son una de las monarquías más antiguas de Europa con una antigüedad de 600 años.
La monarquía japonesa es la más antigua del mundo, 126 emperadores y el 127 se retiró de la vida pública.
Monarquías en el siglo XXI
Aunque ya no gobiernan imperios, las monarquías siguen ejerciendo influencia a través del poder simbólico, la tradición, la identidad nacional y la diplomacia. Su supervivencia depende de una ecuación delicada: conservar la mística del pasado sin entrar en conflicto con las demandas democráticas del presente.
En un mundo que cambia vertiginosamente, la monarquía ofrece algo escaso: la ilusión de continuidad.
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