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Mineral de Pozos: la ciudad que fue imperio minero y hoy es el pueblo fantasma más fascinante de México

  • visionempresarial
  • hace 7 días
  • 4 Min. de lectura

Por: Lorena Meeser

En el noreste del estado de Guanajuato, donde el semidesierto se entrelaza con ruinas monumentales y silencios cargados de historia, se encuentra Mineral de Pozos, un lugar que desafía el tiempo. Lo que hoy conocemos como uno de los Pueblos Mágicos más enigmáticos de México fue, en su momento, una de las ciudades mineras más prósperas y modernas del país. Su pasado de esplendor, abandono y resurrección cultural lo convierte en un destino único, tan melancólico como profundamente cautivador.

Antes de la conquista: los primeros pozos del desierto

Mucho antes de la llegada de los españoles, la región estaba habitada por grupos chichimecas, quienes ya practicaban una forma primitiva de minería. Excavaban pozos de hasta seis metros de profundidad para extraer minerales, dejando una huella que siglos después daría nombre al lugar. Aquella relación temprana con la tierra marcaría el destino del sitio para siempre.

Fortaleza, evangelización y plata: el origen colonial

En 1576, los conquistadores españoles levantaron una fortaleza militar en este punto estratégico del Camino Real de Tierra Adentro, también conocido como la Ruta de la Plata, para proteger los cargamentos de metales preciosos que viajaban desde Zacatecas hacia el centro de la Nueva España. Con ellos llegaron los jesuitas, quienes no solo emprendieron la evangelización de los pueblos originarios, sino que iniciaron la explotación minera formal con la mina de Santa Brígida, dedicada principalmente al mercurio.

De esa etapa sobreviven los célebres Hornos Jesuitas, tres construcciones piramidales que hoy son el símbolo visual de Mineral de Pozos y testigos del temprano auge minero.

Del abandono al esplendor porfiriano

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el pueblo quedó prácticamente estancado durante más de un siglo. Fue hasta 1888 cuando nuevos descubrimientos de vetas, junto con el respaldo del gobierno, detonaron una segunda edad dorada. En 1897, Mineral de Pozos fue elevado a la categoría de ciudad bajo el nombre de Ciudad Porfirio Díaz.

A finales del siglo XIX, el sitio vivía una prosperidad sin precedentes:

  • Más de 50 compañías mineras

  • 360 minas en operación

  • Dos ferrocarriles, luz eléctrica, telégrafo y drenaje

  • Una población cercana a los 60 mil habitantes

Aquí florecieron empresas como El Triángulo, Cinco Señores, Angustias, El Dorado, La Potosina, San Rafael y El Danubio, además de comercios de lujo como Fábricas de Francia, Fábricas de París, El Vesubio y La Fama. Había hospitales, escuelas modelo, teatros e iglesias. Todo indicaba que el progreso sería eterno.

El derrumbe: revolución, agua y silencio

Pero el siglo XX fue implacable. En 1917, la caída internacional de los precios de los metales, en pleno contexto de la Revolución Mexicana, dejó a miles sin empleo. El abandono comenzó de forma acelerada.

En 1926, un intento fallido para reactivar las minas —sin estudios adecuados del subsuelo— provocó explosiones que rompieron un manto acuífero inundando las minas más productivas. A esto se sumaron la Guerra Cristera y los conflictos sindicales. El resultado fue devastador: la ciudad se vació.

En 1940, los últimos intentos de rescate minero fracasaron. Mineral de Pozos quedó reducido a un pueblo fantasma, con menos de 500 habitantes. Durante décadas, era posible cruzarlo de norte a sur sin encontrarse con nadie.

De ruina a patrimonio

El tiempo, paradójicamente, se convirtió en su aliado. El 27 de julio de 1982, el sitio fue declarado Zona de Monumentos Históricos, y el 16 de febrero de 2012 obtuvo el nombramiento como Pueblo Mágico, el número 49 del país.

Hoy, con más de 3,500 habitantes, Mineral de Pozos ha renacido como un centro cultural, artístico y turístico que atrae visitantes nacionales e internacionales, fascinados por sus haciendas mineras en ruinas, casonas de piedra caliza, escuelas abandonadas, comercios detenidos en el tiempo y su atmósfera casi cinematográfica.

Qué ver en Mineral de Pozos

Exhacienda Santa Brígida y Hornos Jesuitas

Aquí inició todo. Fue fortaleza, mina y centro metalúrgico. Los tres hornos piramidales, utilizados para fundir oro, plata, mercurio y otros metales, son hoy el ícono del pueblo.

Parroquia de San Pedro Apóstol

Templo neoclásico del siglo XVIII, con cúpula blanca y columnas rosadas. En su altar se venera al Señor de los Trabajos, Cristo minero, cuya festividad convoca a miles de peregrinos de todo el país.


Casa del Venado Azul

Un espacio integral que combina fábrica, escuela, tienda de instrumentos, temazcal, restaurante y hospedaje.

Destacan sus sesiones de música-aromaterapia con instrumentos prehispánicos como el chicahuaztli, atecocolli y teponaztli, así como talleres artesanales.

Rancho de la Lavanda (Lavender Farms of Pozos)

Un oasis aromático donde se cultivan seis variedades de lavanda. Se elaboran aceites esenciales, jabones, cremas, sales y productos de cuidado personal.


Hacienda de los Cinco Señores

Uno de los conjuntos mineros más imponentes del antiguo distrito.

Spa de Cerveza

El primero de su tipo en México. Ofrece baños de cerveza artesanal a 38 °C en barriles de madera, una experiencia tan insólita como relajante.

Parador Turístico y galerías de arte

Punto de encuentro para artistas, fotógrafos y viajeros, con exposiciones permanentes y temporales.

Festivales que le devuelven la voz

Lejos de ser un pueblo detenido, Pozos vibra con eventos culturales como el Festival Internacional del Mariachi, La Toltequidad, el Festival de Cine Independiente de Pozos y el Festival Internacional de Blues, que llenan de música y vida sus calles de piedra.

Un pueblo que no murió, se transformó

Su nombre ha cambiado a lo largo de la historia: Palmar de la Vega, Ciudad Porfirio Díaz y oficialmente San Pedro de los Pozos. Pero su esencia permanece intacta. Mineral de Pozos no es solo un pueblo fantasma: es una ciudad que eligió la memoria como forma de permanencia.

Caminar por sus calles es recorrer una epopeya minera, un relato de ambición, colapso y renacimiento. Un lugar donde las ruinas no significan abandono, sino belleza, identidad y resistencia cultural. Un destino que no se visita: se contempla, se escucha y se siente.



 
 
 

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