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Atotonilco: el santuario donde el barroco se hizo leyenda y la Capilla Sixtina encontró su alma mexicana

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  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Atotonilco: la Capilla Sixtina mexicana donde la fe se construyó en piedra, cal y sangre

Por: Lorena Meeser

A tan solo quince minutos de San Miguel de Allende, en un paisaje semidesértico donde se encuentran varios manantiales de aguas termales, se encuentra uno de los monumentos religiosos más extraordinarios de América Latina: el Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco. Desde el exterior, su arquitectura es austera, pero por dentro, es una explosión total de imágenes, símbolos y color. Esa contradicción —sobriedad afuera, desbordamiento espiritual adentro— explica por qué este recinto ha sido bautizado como la “Capilla Sixtina mexicana”.

Una construcción que nació de una visión

La historia del santuario comienza en 1740, cuando el sacerdote Luis Felipe Neri de Alfaro, originario de San Miguel el Grande, aseguró que tuvo una visión mística en la que se le ordenaba edificar un templo dedicado a Jesús Nazareno en ese punto exacto. Atotonilco ya era un sitio conocido por sus aguas curativas, lo que reforzó su carácter sagrado.

Neri de Alfaro no solo fue el impulsor espiritual del proyecto, sino también su director intelectual y simbólico. La construcción se extendió durante más de tres décadas, desarrollándose por etapas, conforme se levantaban las capillas, se reforzaban los muros y se integraban los programas pictóricos y escultóricos.

Arquitectura barroca con vocación penitencial

El santuario tiene un estilo barroco novohispano, pero con un enfoque singular. El exterior, está construido en mampostería de piedra y cal y carece de ornamentación. Sus muros altos, contrafuertes y almenas evocan una fortaleza más que un templo, una elección deliberada: el verdadero mensaje estaba reservado para el interior.

El conjunto arquitectónico está compuesto por una nave principal y varias capillas anexas, entre ellas las dedicadas al Rosario, Belén, la Santa Escuela de Cristo y la Soledad. Esta disposición no es casual: el santuario fue concebido como un espacio de ejercicios espirituales, especialmente para retiros y penitencias prolongadas.

La “Capilla Sixtina mexicana”: un interior que te deja sin aliento

La capilla es en un universo donde no existe el vacío. Techos, bóvedas, muros y arcos están completamente cubiertos por pintura mural, relieves y textos devocionales. Este fenómeno

—conocido como horror vacui— es una de las razones principales de su comparación con la Capilla Sixtina del Vaticano.

Aquí, sin embargo, no hay mármol ni la grandilocuencia renacentista: hay cal, pigmentos minerales y una intención pedagógica profundamente novohispana.

Antonio Martínez de Pocasangre: el pincel de la devoción

El gran artífice de este universo visual fue Antonio Martínez de Pocasangre, un pintor local, autodidacta, que trabajó en el santuario durante aproximadamente 30 años. Bajo la supervisión directa de Neri de Alfaro, desarrolló un programa iconográfico monumental centrado en:

  • La Pasión de Cristo

  • El Juicio Final

  • El sufrimiento humano como vía de redención

  • La vida de santos, mártires y alegorías morales

Su estilo es barroco popular, intenso y emocional, pensado para impactar a peregrinos en su mayoría analfabetos. Las imágenes no buscan sutileza: buscan conmover, advertir, catequizar.

Pocasangre combinó escenas bíblicas con textos en latín y español, flores simbólicas, querubines y guirnaldas que llenan hasta el último rincón del espacio.

Escultura en madera: el cuerpo del dolor

El programa artístico se completa con un impresionante conjunto de esculturas en madera policromada, realizadas por talleres novohispanos anónimos, bajo la dirección de Neri de Alfaro. Estas imágenes no eran simples objetos devocionales: eran herramientas emocionales.

La figura central, Jesús Nazareno, destaca por su realismo extremo. Tallada con proporciones humanas, posee cabello natural, ojos de vidrio y articulaciones móviles, lo que permitía cambiar su postura durante procesiones y ceremonias penitenciales.

Otras esculturas —Cristos sangrantes, vírgenes dolientes y santos martirizados— refuerzan el mensaje central del santuario: la salvación a través del sacrificio.

La Capilla del Rosario: el clímax ornamental

Dentro del conjunto, la Capilla del Rosario representa el punto culminante del lujo barroco. Aquí, el uso de oro, espejos venecianos y relieves crea un efecto lumínico que contrasta radicalmente con la severidad penitencial del resto del recinto. Es un espacio pensado para la contemplación mística, donde la luz se multiplica y desmaterializa los muros.

Atotonilco y la historia de México

El santuario no solo es un monumento religioso, sino también un símbolo nacional. En septiembre de 1810, Miguel Hidalgo y Costilla tomó aquí el estandarte de la Virgen de Guadalupe, que transformó en emblema del movimiento independentista. Atotonilco quedó así inscrito en la historia política del país.

Un legado universal

En 2008, la UNESCO declaró al Santuario de Atotonilco Patrimonio de la Humanidad, reconociéndolo como una obra excepcional de arte barroco y espiritualidad novohispana.

Atotonilco es un lugar donde la fe se convirtió en arquitectura, la pintura en catecismo y el dolor en identidad.


 
 
 

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