Margarita de Escocia: la escuela que habitó un palacio y desapareció bajo un rascacielos
- visionempresarial
- 17 ene
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Actualizado: hace 5 días

El Colegio Margarita de Escocia: historia viva de una casa, una escuela y un barrio
Andrés Bello 29: de residencia militar a escuela femenina y, finalmente, ícono hotelero del Polanco contemporáneo
El origen: la residencia Amaro–Izaguirre (décadas de 1920–1952)
Por: Lorena Meeser
En las primeras décadas del siglo XX, cuando la Ciudad de México comenzaba a expandirse hacia el poniente y el norte del Bosque de Chapultepec, surgió una nueva franja urbana pensada para las élites políticas, militares y económicas del país. En ese contexto se inscribe la historia del inmueble que hoy ocupa el número 29 de la calle Andrés Bello, en el corazón de Polanco.

A finales de la década de 1920 e inicios de la de 1930, el general Joaquín Amaro Domínguez (1889–1952) —uno de los personajes más influyentes del México posrevolucionario— adquirió una vasta extensión de terreno en los límites de lo que posteriormente sería la colonia Polanco. Amaro fue secretario de Guerra y Marina durante los gobiernos de Plutarco Elías Calles y Emilio Portes Gil entre 1924 y 1929 y de Pascual Ortiz Rubio de 1929 a 1931. Es recordado como el gran reformador y profesionalizador del Ejército Mexicano tras la Revolución.

Junto con su esposa, Doña Eliza Izaguirre, el general mandó edificar una residencia señorial que reflejara su posición, su visión de orden y su gusto estético. Para ello contrató al joven arquitecto Manuel Giraud Esteva, quien diseñó una casa de estilo neoclásico francés, con proporciones palaciegas, jardines extensos, techos altos, largos pasillos, pisos de mármol y maderas finas.
La residencia se encontraba en lo que entonces eran terrenos casi campestres, fraccionados a partir del norte del Bosque de Chapultepec. Las actuales calles Andrés Bello y Jorge Elliot no existían aún como tales: serían trazadas posteriormente para dar plusvalía urbana al desarrollo conocido como Chapultepec-Polanco, iniciado formalmente en 1938.
La casa Amaro–Izaguirre no era solo una vivienda; era un símbolo del México institucional que buscaba estabilidad, jerarquía y orden después de los años de guerra civil.

El contexto urbano: Polanco antes de Polanco
Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, Polanco estaba lejos de ser el escaparate comercial y turístico que es hoy. Era una colonia residencial, elegante y sobria, formada por grandes casas unifamiliares, muchas de ellas de estilo neocolonial, californiano o europeo.
Las calles eran amplias y arboladas; el ritmo de vida, pausado y predecible. Las familias se conocían entre sí, los niños caminaban acompañados y existía una clara noción de pertenencia, jerarquía y respeto a la autoridad. Era un Polanco donde se hablaba de “usted”, donde la figura del director escolar imponía respeto y donde el orden era un valor compartido.
Ese era el entorno que rodeaba la residencia del general Amaro.

La sucesión y la transformación del predio (1952–mediados de los 50)
La muerte del general Joaquín Amaro en 1952 marcó un punto de inflexión. Sus bienes entraron en proceso de sucesión y el mantenimiento de una propiedad de tal magnitud se volvió cada vez más complejo para su viuda, Doña Eliza Izaguirre.
El predio original, mucho más extenso que el actual, comenzó a subdividirse. Esta lotificación permitió el trazo de nuevas calles y la urbanización acelerada de la zona. Una parte del terreno fue cedida a una institución religiosa —la Prelatura de la Santa Cruz— y destinada a un nuevo uso que cambiaría para siempre la historia del inmueble: la educación.

El nacimiento del Colegio Margarita de Escocia (mediados de los 50)
Hacia mediados de la década de 1950, la antigua casona Amaro comenzó una segunda vida como sede del Colegio Margarita de Escocia (Margaret of Scotland School). El inmueble fue adaptado con inteligencia: sin ocultar su arquitectura original, se transformaron salones en aulas, patios en espacios de recreo y jardines en áreas deportivas.
La casa —de dos plantas, con techos altos y amplios ventanales— funcionaba como un verdadero campus adaptado. El ambiente olía a madera encerada, a tiza y al almidón de los uniformes. Caminar por sus pasillos implicaba transitar los mismos suelos donde décadas antes se habían planeado estrategias militares.

Mrs. Ansted: el orden como pedagogía
La figura central fue Mrs. Ana Rosa de la Calle de Ansted, directora del colegio donde la disciplina de corte británico marcó a generaciones. Su autoridad era firme, incuestionable y profundamente formativa.
Mrs. Ansted imponía un respeto casi reverencial. En el Margarita de Escocia no se negociaba la disciplina: se vivía.
Una escuela para formar carácter
El colegio era predominantemente femenino (solamente una breve temporada hubo niños en el kínder) y su objetivo iba mucho más allá de aprobar materias. Se formaban niñas educadas, responsables, seguras, con sentido del deber y claridad moral.
Las alumnas llegábamos con el uniforme impecable, postura recta y la conciencia de que la escuela no era un espacio de concesión. El lenguaje se vigilaba, la conducta se evaluaba y el silencio, la atención y el respeto importaban.
La convivencia era respetuosa, pero no blanda. Había reglas claras, jerarquías implícitas y expectativas perfectamente definidas.

Evaluar cada semana: disciplina cotidiana
Uno de los rasgos más distintivos del Colegio Margarita de Escocia era su sistema de evaluación semanal, poco común incluso para su época. Las alumnas debíamos presentarnos rigurosamente con el uniforme de gala y el protocolo institucional dictaba el uso obligatorio de guantes blancos como requisito para recibirlas, además de hacer la reverencia y decir: “Thank you Mrs. Ansted”.
Y así cada semana, sin excepción, las alumnas recibíamos la libreta de calificaciones que evaluaba:
Conducta
Limpieza
Cumplimiento de tareas
Uniforme completo
Asistencia
Respeto
Tareas

Nada quedaba implícito. Todo se medía. Esa libreta debía regresarse firmada por nuestros padres, estableciendo una corresponsabilidad clara entre la escuela y la familia. Los estándares eran: Excelente, Bueno, Regular y Pésimo.
Además, se enviaban calificaciones mensuales, especialmente en dos áreas clave: español e inglés.
El español se evaluaba con rigor académico: comprensión, redacción, ortografía y disciplina intelectual. El inglés era uno de los grandes orgullos del colegio: no era accesorio, sino eje central. Se enseñaba con exigencia real y fonética precisa, logrando un nivel poco común en el México de los años sesenta.
La competencia académica existía y era intensa, pero silenciosa. Los primeros lugares se disputaban sin exhibicionismo, con constancia y esfuerzo sostenido.
Religión, civismo y los viernes rituales
La formación moral era central. El catecismo y el civismo se entendían como prácticas vivas, no como discursos.
Los viernes teníamos un ritmo distinto. Las alumnas íbamos a la Iglesia de San Agustín en el transporte escolar (esto era optativo). Los primeros viernes de cada mes, la misa era obligatoria.
No era un paseo ni un acto social: era parte del programa formativo. Guardar silencio, mantener la compostura, comulgar correctamente y vestir con pulcritud reforzaban la idea de comunidad y pertenencia.
Atletismo en un jardín histórico
Uno de los aspectos más sorprendentes del colegio fue su programa deportivo, particularmente en atletismo. Sin instalaciones modernas, las alumnas practicábamos con seriedad:
Lanzamiento de bala y de jabalina
Salto de altura
Salto de longitud
Voleibol
Esto se llevaba a cabo en los jardines de la casona, donde antes paseaba la familia Amaro. El cuerpo femenino no era visto como frágil, sino como fuerte, disciplinado y capaz.
Este énfasis deportivo —inspirado en el modelo de boarding schools ingleses— era adelantado a su tiempo y concebía el deporte como formación del carácter.
El colegio en su apogeo: Polanco en los 60 y 70
Caminar por Andrés Bello en 1965 era habitar otro mundo. Polanco era un barrio de casonas, de fresnos y jacarandas, donde el silencio solo se rompía con el paso de algún Galaxie 500 o un Falcon.
Por las tardes, mucha gente acostumbraba ir al Parque Lincoln o a Dany por un helado. La vida social estaba contenida, regulada, ordenada.
En ese contexto, el Colegio Margarita de Escocia funcionó durante décadas como un espacio de excelencia silenciosa, hasta su cierre en 1982.
El fin de la casona y la presión inmobiliaria (finales de los 80–90)
Hacia finales de los años ochenta y principios de los noventa, el valor del suelo en esa franja de Polanco —frente al Bosque de Chapultepec y el Auditorio Nacional— se volvió estratosférico. El uso del suelo cambió de residencial a comercial y hotelero.
El colegio dejó las instalaciones de Andrés Bello 29. Lo que siguió no fue una remodelación, sino la demolición total de la obra de Manuel Giraud Esteva. Entre 1991 y 1993, la casona fue derribada piedra por piedra. Algunos elementos arquitectónicos fueron rescatados por coleccionistas; la estructura desapareció.

Del colegio al JW Marriott (1996–presente)
El terreno fue adquirido para construir el primer hotel JW Marriott fuera de Estados Unidos, inaugurado en 1996. El diseño estuvo a cargo de Sordo Madaleno Arquitectos.
La torre, de 26 pisos, se erigió como un hito del nuevo Polanco vertical. En remodelaciones recientes (2024), el hotel ha buscado reconectar con la historia local: el lobby funciona como un pasaje entre Campos Elíseos y Andrés Bello, evocando la serenidad de la antigua zona residencial y el cauce del río Polanco.
Lo que permanece: la memoria persiste
Hoy, quien camina por Andrés Bello 29 entra a un edificio impecable, silencioso, de mármol pulido y cristal. El JW Marriott Polanco ofrece lujo, vistas al Bosque de Chapultepec y una promesa de modernidad global. Nada, a simple vista, revela que ese mismo suelo fue alguna vez jardín, pista improvisada de atletismo, patio escolar y, antes aún, residencia de un general que ayudó a moldear al Estado mexicano moderno.
El Colegio Margarita de Escocia no fue solamente una institución educativa: fue una forma de habitar el mundo. Enseñó que la disciplina podía ser una herramienta de libertad interior; que el cuerpo femenino era fuerte, capaz y digno de exigencia; que el carácter se forma en lo cotidiano, en la repetición, en el esfuerzo silencioso. Nada de eso figura en placas conmemorativas ni en folletos turísticos, pero persiste en la memoria íntima de quienes lo vivimos.

El Polanco que rodea hoy a la antigua Casa Amaro es irreconocible frente al de los años sesenta y setenta. La verticalización, el comercio de lujo y la vida acelerada sustituyeron al barrio residencial de calles arboladas y rutinas previsibles. La demolición de la casona del general Amaro fue también la demolición simbólica de un modo de vida. Pero no todo se perdió: quedaron las huellas invisibles, los hábitos aprendidos, la estructura interna que acompañó a muchas de esas niñas durante toda su vida adulta.

La historia del predio de Andrés Bello 29 resume, en realidad, una historia mayor: la de una ciudad que se transforma sin pedir permiso, que sustituye palacios por escuelas y escuelas por rascacielos; la de un país que pasó del orden posrevolucionario a la modernidad global en apenas unas décadas. En ese tránsito, el Colegio Margarita de Escocia ocupa un lugar singular: fue puente entre mundos, entre épocas, entre formas de entender la educación y la disciplina.
Hoy no queda la casa. No quedan los jardines. No quedan las canchas ni los salones. Pero queda algo más difícil de demoler: la memoria compartida. Y mientras esa memoria se siga contando —en artículos, en conversaciones, en recuerdos personales—, el colegio seguirá existiendo, no como edificio, sino como experiencia viva. Una casa que fue palacio, escuela y finalmente ausencia. Y una época que, aunque físicamente borrada, sigue habitando a quienes la caminamos.

Donde antes se formaron generaciones de niñas —muchas de las cuales se convertirían en mujeres influyentes en la vida cultural, social y profesional de México—, hoy se hospedan diplomáticos, jefes de Estado, ejecutivos internacionales y delegaciones extranjeras. El mismo lugar que alguna vez fue espacio de formación íntima y silenciosa es hoy escenario de negociaciones, cumbres de negocios y estancias de poder global. El contraste no podría ser más elocuente: educación y diplomacia, carácter y protocolo, disciplina cotidiana y representación internacional, todo sobre el mismo suelo.

Sin embargo, los lugares no desaparecen del todo. Cambian de piel, pero conservan capas invisibles. Bajo el lobby, bajo los pasillos alfombrados y las columnas contemporáneas, sigue latiendo la memoria de una casa señorial y de una escuela que marcó generaciones. Allí donde hoy se escucha el rodar discreto de maletas, hubo alguna vez filas ordenadas de niñas con uniforme impecable, caminando en silencio hacia la clase. Donde hoy hay salas de juntas, hubo salones de techos altos donde se aprendía a conjugar verbos en inglés, a aprender "idioms", a escribir con rigor en español y a distinguir, sin titubeos, entre el deber y la falta.

Hoy en día, nuestra generación continúa reuniéndose como un grupo de amigas profundamente solidarias que ha logrado subsistir y fortalecerse a lo largo de los años. Este vínculo incondicional ha transformado el compañerismo escolar en una red de apoyo mutuo donde todas estamos presentes para ayudarnos ante cualquier circunstancia. Nuestra unión permanece vigente, demostrando que los lazos formados en aquellas aulas son el pilar de una amistad que no conoce el tiempo: "Margaras Forever".
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Qué hermosos recuerdos de esa época. Mi mejor escuela.
No es el hotel presidente Chapultepec? A mí me tocó las primeras construcciones de junto , y si muy interesante ,gracias por el contenido
Soy Regina Puentes. Mis mejores recuerdos. Que afortunadas. Yo me graduè de prepaen 1972. Cuando se vuelvan a reunir, avisen. Mi correo: humanatom@ gmail.com
Una de las mejores épocas de mi vida Hilda María Millet Puerto