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Siete Veces Adiós: el eco infinito de un corazón roto

  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Siete veces adiós: el musical que convirtió la ruptura en patrimonio emocional.

Por: Lorena Meeser

Hay despedidas que se sienten como un punto final y otras que son, en realidad, una elipsis dolorosa. "Siete Veces Adiós" no es solo un musical; es una autopsia emocional realizada en vivo, una obra que ha logrado lo impensable en la cartelera de la Ciudad de México: mantenerse vigente, vibrante y necesaria durante cuatro años ininterrumpidos.

En un ecosistema teatral donde las producciones suelen durar lo que un suspiro, esta obra escrita por Alan Estrada, Salvador Suárez y Jannette Chao se ha convertido en un clásico contemporáneo.

El eco de lo que fuimos: un retrato del desamor

Siete veces adiós es un viaje introspectivo guiado por "L’amore", la personificación del amor mismo, quien actúa como puente entre los recuerdos de una pareja y la música que nace de su historia. La trama inicia donde otras terminan: con una ruptura tras siete años de relación. A partir de ese quiebre, la obra se despliega con simples flashbacks, que son una especie de viñetas de memoria donde Él y Ella intentan descifrar en qué momento se extraviaron. "L’amore"comenta que esta historia podría ser contada no sólo por “ella y él”, sino por “ella y ella”, “él y él” o “elles”.

Mientras los protagonistas navegan por las asperezas de la convivencia y el desgaste del tiempo, una banda de rock-pop y cuatro voces en escena musicalizan sus vacíos, cuestionando si el "amor de la vida" es un concepto único o una pregunta con múltiples respuestas. Es una exploración sobre la posibilidad de la reconexión, el peso de la cotidianidad y la búsqueda de aquello que, aunque parece perdido, sobrevive en las canciones.

La despedida como estructura dramática

Siete Veces Adiós no narra una historia de amor: la disecciona. No busca el romanticismo complaciente ni la épica de la reconciliación; apuesta por la crudeza del desgaste, por la acumulación de pequeñas fracturas que terminan rompiendo lo que parecía indestructible.

El texto acierta al entender que las relaciones no terminan una sola vez, sino muchas: cuando se deja de escuchar, cuando se pospone una conversación, cuando el futuro deja de conjugarse en plural. La obra convierte ese proceso en una arquitectura dramatúrgica donde cada escena es un intento —fallido— de permanecer.

Dirección: la inteligencia de no subrayar

La dirección es uno de los grandes triunfos del montaje. Lejos del exceso emocional tan común en el teatro musical, aquí se elige la contención como lenguaje. No hay golpes bajos ni manipulaciones evidentes: hay silencios, pausas incómodas y escenas que confían en la madurez emocional del espectador.

La decisión de dividir el universo escénico entre lo vivido y lo sentido —entre Él, Ella y Lamore—es un hallazgo conceptual que sostiene toda la obra. "Lamore" no es un narrador ni un coro griego tradicional: es la voz interna, el eco emocional, la conciencia que recuerda incluso lo que los protagonistas preferirían olvidar. La figura de "Lamore" actúa como el hilo conductor metafísico.

Actuación: la verdad por encima del virtuosismo

La química entre los protagonistas es el motor de la obra. No buscan la nota perfecta, sino la verdad perfecta. Cada discusión se siente como una invasión a la privacidad del espectador; es teatro voyeurista en su máxima expresión.

La música: paisaje emocional

A diferencia de otros musicales donde los personajes cantan de manera convencional, aquí la música es ejecutada por una banda y cantantes externos que funcionan como la banda sonora interna de los recuerdos. Es una resolución técnica y narrativa que permite que la actuación dramática respire sin las interrupciones del género tradicional.

La presencia de músicos y cantantes externos en escena rompe con la lógica tradicional del musical y permite que la dramaturgia respire. Es una solución técnica y narrativa brillante: la emoción no se congela para dar paso a la canción, sino que continúa expandiéndose a través de ella. Las composiciones son melancólicas sin caer en el melodrama, memorables sin ser grandilocuentes. Canciones que no buscan el aplauso inmediato, sino la resonancia posterior.


Iluminación y espacio: cartografía de la memoria

Técnicamente, Siete Veces Adiós es una clase magistral de minimalismo expresivo.

La iluminación funciona como un narrador silencioso. Define tiempos, emociones y transiciones con precisión quirúrgica. Un cambio de luz basta para trasladarnos del presente al recuerdo, del amor a la despedida, de la esperanza a la aceptación.

El diseño lumínico delimita los saltos temporales y los estados de ánimo con precisión quirúrgica, transformando un escenario estático en un mapa de emociones y de la memoria.

La escenografía, contenida y funcional, entiende que la verdadera arquitectura está en el texto y en los cuerpos. La integración del atril y los elementos de composición musical refuerzan la sensación de estar presenciando no solo una historia, sino la composición misma de una despedida.


Cuatro años después: ¿por qué seguimos volviendo?

La pregunta no es por qué Siete Veces Adiós sigue en cartelera, sino por qué seguimos necesitándola.

Porque habla del amor desde un lugar adulto, sin promesas falsas.

Porque entiende que despedirse también es una forma de amar.

Porque en una ciudad acostumbrada al ruido, se atreve a hablar en voz baja.

Porque cada espectador reconoce, en algún punto, su propia historia fragmentada sobre ese escenario.

Siete Veces Adiós no ofrece consuelo, pero sí comprensión. No promete finales felices, pero sí finales honestos. Y quizá por eso, después de cuatro años, seguimos regresando: para confirmar que no fuimos los únicos en amar así, ni en decir adiós tantas veces antes de lograrlo.


Dramaturgia: Alan Estrada, Jannette Chao, Vince Miranda y Salvador Suárez.

Dirección: Alan Estrada.

Escenografía: Jorge Ballina

Coreografía: Diego Vega

Iluminación: Félix Arroyo

Elenco:  Natalia Solían*, Michelle Rodríguez* como “Ella”, Chris Pazcal*, Diego Medel* como “ÉL”; Cess Enríquez* y Rubén Branco (L’amore).

Cantantes:  Diego Medel (Cover Él), Alba Messa (cover Ella), Diego Meléndez, Paloma Cordero, Andrés Saráchaga y Lucía Covarrubias.

La Banda: Iván Núñez, Karla Lugo, Javier Maldonado, Mitsuo Yoshiki, Pablo Yescas e Irving Lima.

La obra se presenta de viernes a domingo en el Teatro Ramiro Jiménez en la CDMX.






 
 
 

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